lunes, 21 de marzo de 2011

LA REVOLUCIÓN FRANCESA

La Revolución Francesa participa de un proceso de cambio histórico (político, social y económico) que arranca en la segunda mitad del siglo XVIII y se desarrolla a lo largo de la centuria siguiente. Pero, tanto por su amplitud como por su intensidad, los acontecimientos franceses se revisten de una importancia superior a la de cualesquiera otros; porque impulsan una gran transformación política y social, de signo liberal y burgués, cuya onda conmueve al continente europeo, e influye en los movimientos insurgentes de la América española y portuguesa. Sirve, en fin, de permanente referencia a las luchas liberales y democráticas acaecidas durante todo un siglo.


            La crisis política desencadenante del proceso revolucionario francés tiene su motivación inmediata en el problema financiero, que atizó de nuevo las tradicionales tensiones entre los estamentos privilegiados y la monarquía por el dominio del aparato político. A través de los Estados Generales, la prerrevolución aristocrática tratará de frenar en beneficio propio las concesiones obtenidas del absolutismo borbónico, pero sólo consigue franquear la puerta a la peculiar revolución del Tercer Estado.

                                    
Entre 1789 y 1791 la elite dirigente del Tercer Estado consigue abrir paso a una solución revolucionaria, liberal y relativamente templada, a través de dos pasos: una revolución jurídico-parlamentaria, que entre el 5 de mayo y el 9 de julio convierte a los Estados Generales en Asamblea Constituyente, y una gran movilización popular (urbana y campesina), que en la segunda semana de julio asegura la victoria de aquélla y suministra los primeros contenidos (revolución municipal, abolición del régimen señorial) al proceso de cambio. La Declaración de Derechos, la nacionalización de los bienes de la Iglesia, la Constitución Civil del Clero, la descentralización y racionalización de la estructura administrativa del país y la promulgación de una Constitución monárquica, resumen las principales transformación de esta primera fase.
Sin embargo, la estabilidad de un constitucionalismo moderado resulta imposible. En 1791 y 1792 la inercia revolucionaria y la amenaza de contrarrevolución, conectada con la reacción exterior del resto de potencias europeas, impulsan un proceso de radicalización, socialmente sostenido por el elemento sans-culotte, de extremado sentimiento patriótico. La guerra exterior, deseada por el mismo rey, conduce a la caída de la monarquía (revolución popular del 10 de agosto de 1792) y a la reunión por sufragio universal de una nueva asamblea (Convención). Se desencadena el primer terror, a la par que la victoria francesa de Valmy detiene la amenaza de invasión prusiana.
A partir de este momento, la burguesía se escinde: los girondinos desean la vuelta al orden y la normalidad; los montañeses o jacobinos encarnan a los revolucionarios más radicales. Conseguirán imponerse en 1793, siendo el tiempo de la dictadura revolucionaria, del “gran terror”, ahora institucionalizado, y de las primeras medidas sociales. Con las levas en masa logran derrotar a los contrarrevolucionarios. Pero, el propio Robespierre acabará cayendo en la guillotina en 1794.
De nuevo en manos de los moderados, la Convención Termidoriana persigue a los jacobinos, liquida los instrumentos y la política del periodo precedente y aprueba una nueva Constitución (septiembre 1795), que inauguraba el llamado régimen del Directorio. Es el gobierno de los notables y el tiempo de una burguesía escarmentada de aventuras revolucionarias, deseosa de consolidar las nuevas posiciones obtenidas. Pero el Directorio era frágil: porque es un régimen que impulsa la guerra de expansión, y recurre en el interior a la fuerza, hasta que dependa de la estabilidad que el joven general Bonaparte brindará en forma de régimen personalista a partir de noviembre de 1799. La contradicción suprema del proceso revolucionario fue su desenlace bonapartista, la desembocadura en una dictadura personal de un proceso que había nacido contra el anacronismo de una monarquía absoluta de derecho divino.
Se trata, pues, de un periodo complejo, confuso, de grandes cambios en cuanto a su protagonismo; y sobre el que los historiadores no siempre se ponen de acuerdo a la hora de priorizar causas.
                         
         Al final de esta unidad didáctica sobre la Revolución Francesa, el alumno deberá ser capaz de realizar una linea de tiempo digital (cronología virtual), con diferentes recursos multimedia (videos, imágenes, canciones, enlaces, etc.) que permita un recorrido por los principales acontecimientos y nos sirva como esquema conceptual. Aquí encotrareís como hacerlo; aunque existen más herramientas en la Red que pueden ayudarnos.

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